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Al árbol de ciricote —o siricote— le gustan las lluvias y es heliófito. Eso quiere decir que para crecer necesita mucha luz. Es inconfundible por sus flores anaranjadas en forma de corneta a las que llegan, con sus picos ávidos y lengüitas bífidas, los colibrís. Es ideal para un juego de ¡Basta! en la categoría de Flor o Fruto, pues tiene ambas y puede escribirse con S o C. Porai leí que con su madera se fabrican guitarras. La gastronomía yucateca se enriquece con sus frutos al usarlos en postres. Entre mayo y junio la copa luce frondosa porque atraviesa su mejor etapa, pero si la vieras en enero, valdría la expresión «Está hecho un palo» porque es pura rama encuerada en absoluto desconcierto de palitos chuecos. Cordia dodecandra es su nombre científico y es, quizá, donde mejor se expresa el invierno yucateco.

Cuando la BBC anunció que Banksy «coló» al Museo Británico esta atrevida pieza de concreto, le puse estas palabras: «Refri vacío. Hambre llena. Creo que es momento de cacería posmoderna». ¡Cómo cambian las cosas los años! En el 2005 Banksy situó a una personita prehistórica en el supermercado… pero ahora, esa personita tendría un celular en la mano y una cuenta en Rappi, Uber Eats o Cornershop para atrapar al bisonte de sus antojos. Cambia, todo cambia… ¿pero qué tal de bonito es empujar el carrito por los pasillos de Costco, aunque sea solamente por paseo?

👨🏻‍🎨: Banksy
🎨: «Peckham Rock», 2005. Trozo de concreto.
🏛: Museo Británico de Londres.

Como si fueran de verdad. Así se dejan contemplar estos peces. Henri Matisse se fascinó por ellos durante su estancia en Marruecos, en 1912. Tánger le dio algo que le faltaba; y él nos da algo que no sabemos que nos hace falta: una pausa. Es un remanso esta pecerita. Ahora seguimos con nuestra vida como si nada, mientras nada en óleo en forma de pez el color naranja.

👨🏻‍🎨 : Henri Matisse, pintor francés.
🎨 : «Goldfish», [1912]. 147 x 98 cm.
🏛 : Pushkin Museum of Art, Moscú.

Fue Diego Velázquez —el pintor de «Las Meninas»— quien hizo este retrato de Luis de Góngora, poeta del Siglo de Oro Español. Dos años antes a que posara para él, en un soneto titulado «A un pintor flamenco, mientras pintaba su retrato», Góngora alude a la idea de que el retrato vive mucho más tiempo que quien posa. Dice: «quien más ve, quien más oye, menos dura». Vivimos tan poco en comparación de «los siglos que en sus hojas cuenta un roble». Tal vez Góngora lo sabía y con esos ojos que nos llegan desde 1622 nos lo dice, preponderante: Somos este instante.

👨🏻‍🎨 : Diego Velázquez.
🎨 : «Luis de Góngora», 1622.
🏛 : Museo de Bellas Artes de Boston.

Luis de Góngora y Argote murió el 23 de mayo de 1627.

A mis cuarenta años voy llegando a John Green —autor de bestseller’s de literatura juvenil— y estoy fascinada.

Todo empezó cuando Cali volvió de Gandhi con «Ciudades de papel» bajo el brazo. El título me gustó. Al cabo de pocos días, le pregunté qué le parecía el libro. Entonces me habló de John Green. Me dijo que, hasta ahora, el título de ese autor que más le gusta es «El teorema Katherine». Que lo leyó por primera vez a los doce años. A saber: Cali cumple veinte en noviembre del 2022. Le pregunté de qué trata. La breve sinopsis que me dio a quemarropa en dos segundos me pareció convincente. «¿Me lo prestas?». En cuestión de minutos Cali me puso uno de sus mayores tesoros en las manos. «Te lo voy a cuidar mucho».

Eso fue el martes en la mañana. Al momento que esto escribo, es sábado al medio día. Lo que quiere decir que entre miércoles y viernes devoré la segunda novela de John Green que la editorial Nube de Tinta publicó en el 2006.

A dieciséis años de publicarse, voy llegando al libro «El teorema Katherine» y estoy fascinada.

Ha sido una caricia encontrar esta historia que el mercado editorial acomoda en su catálogo de «literatura juvenil». Es inteligente, divertida, está escrita con delicia. Los personajes son adorables —quiero que Hassan sea mi amigo— y la actitud del narrador en cuanto a la mente de Colin —el personaje principal— es exquisita. Leerlo es estar en un lugar agradable, hay párrafos para reflexionar, hay otros que hubiera subrayado —si el libro no fuese ajeno—, juegos de palabras para saborear y también guiños literarios, como el que alude a «Los desnudos y los muertos» de Norman Mailer.

Peeeeeeeeeero lo más importante de esta experiencia con John Green, es la siguiente. Es una confesión: me siento abochornada conmigo misma. Tuve, hasta ahora, una idea equivocada de lo que es «literatura juvenil». Este libro, con el que alegremente entro a la bibliografía de su autor (¡quiero leerlo toooodoooooo!), ¡qué bueno que tenga en la mira a gente joven! Me hubiera encantado leer esta historia a la edad de Cali. En cuanto a la generación a la que pertenezco y a las personas que estamos en otros «pisos» de la vida, cuánto bienestar nos traería alternar historias como esta con nuestros hábitos de consumo «normalizados» plagados de violencia, suspenso, ansiedad y todo lo demás… empezando por las noticias y continuando con series a las que a veces dan ganas de poner en «mute» o que nos hacen girar el rostro para no mirar.

En pocas palabras: Lee «El teorema Katherine» de John Green. Serán horas muy bien invertidas.

Así que por eso y más… ¡gracias, Cali!

PS. El fin de semana pasado salimos de viaje en familia. Cali se acompañó de «Ciudades de papel». Mientras leía junto a la ventanilla del avión, Claudia y yo leímos en el Kindle una novela corta —que pronto vendré a comentar— y que nos acompañó el vuelo de ida y el de vuelta. Otro día contaré esa primera experiencia de leer «de a dos» un mismo Kindle.

Parece un árbol, pero son dos. Crecen juntos, tronco a tronco, casi entrelazados. Una de las copas se presume en amarillo, porque es mayor. El otro es más joven, aún no está en momento de floración. Pero todo es cuestión de tiempo. Se complementan. Se adornan. Si te acercas, puedes oír el rumor amaderado que emiten al contenerse. Es un hermoso e inconfundible flamboyán amarillo hablándonos de amor.

«Madre», 1895. Óleo sobre tela · 125 x 169 cm.
Joaquín Sorolla (1863 · 1923). Pintor español.

Cuando Elena nació, Joaquín Sorolla pintó esta belleza. Ahí está su esposa Clotilde durmiendo el sueño de la maternidad. Sumergirse en la intimidad de ese momento, estando en la sala de un museo, es una experiencia imponente, apacible, de un blanco inolvidable…

Llegó marzo. Lo que quiere decir que en cualquier momento llegarán los gitanos a Macondo, y entre ellos llegará Melquíades para enloquecer con sus hallazgos a José Arcadio Buendía, para infarto de Úrsula Iguarán, que no cantó ni un día de su vida.

Llegó marzo y el coronel Aureliano recordará la tarde cuando su padre lo llevó a conocer aquella rareza gélida dentro de un cofre de pirata, ante el que murmuró: «Es el diamante más grande del mundo»… pero no, no era, «es hielo», le dijo el gitano.

Llegó marzo y, aunque sea sólo por hoy, si tienes «Cien años de soledad» hojea el principio, o reléelo, o léelo completo otra vez, o por primera vez. Y tal vez te enamores de la novela, quieras un poquito más al español y veas con otros ojos la joya de agua con vocación de charco que luce junto a la portada.

Tere Góngora Basterra, fundadora 
y narradora del podcast «Latitudes».
Foto de Alberto Rojas.

Comúnmente escuchamos frases como «qué orgullosos deben estar los papás» o menciones similares que van estrictamente de padres a hijos, mas poco se alude al orgullo que sentimos entre hermanas y hermanos.

Verán, soy la mayor y tengo dos hermanas. Ambas corren maratones, esto en el amplio significado de la palabra «maratón» que puede ser una competencia de 42 kilómetros, un maratón sentimental o el maratón que resulta un proyecto al emprenderse. He acompañado como espectadora y porrista las múltiples carreras de mis hermanas, desde el momento que sentencian «voy a hacer tal cosa» hasta la disciplina que ponen para lograrlo con vigor de cuerpo, mente y corazón para alcanzar la meta.

Durante los últimos nueve meses, las tres hermanas nos hemos acompañado para aportarle a Tere, la tercera en nacer, lo que ha necesitado tras el chispazo de una idea desafiante y caprichosa: «Quiero hacer un podcast». Desde la costa de Andalucía en donde vive, añorando las playas lejanas de Veracruz donde nacimos y cerca del mediterráneo adoptivo, entre el 1º de enero y el 1º de septiembre del 2020, Tere fraguó y autofinanció un proyecto que más que un espacio sonoro se perfila como un movimiento que contribuye a «Encuentros que humanizan». La fecha que asignó para el lanzamiento del podcast no fue azar; eligió el martes 1º de septiembre porque ese día cumple años y… ¿qué mejor regalo para uno mismo que darse a los demás con todo lo que lleva dentro?

Porque eso es lo que encontrarán al visitar www.somoslatitudes.com o si teclean «Somos Latitudes» en el buscador de Apple Podcast, Spotify o Ivoox. Hallarán la oralidad de Tere con acento híbrido, porque es mitad mexicana y mitad española, portando naturalmente y con orgullo la voz que la revela y con la que ahora se rebela ante situaciones que la han sacudido: la vida la tomó por el tronco para hacerle caer los frutos. ¿Y qué cayó de ese arbolito? Su pronunciación ante el mundo. Contenidos para un podcast en un español impecable, aliñado y sincero, con frases bien armadas y emociones bien dispuestas donde su identidad veracruzana-yucateca-andaluza se muestra con algarabía en la inconfundible x de México y la peculiar ñ de España.

A diferencia de otros podcasts, en el suyo convergen memorias, reflexiones, encuentros y hallazgos que Tere ha tenido en lugares del mundo a los que ha viajado por trabajo, por amor y para correr. Por eso los episodios de «Latitudes» se dividen por kilómetros. Celia Cruz canta que la vida es un carnaval, lo cual es cierto, y mis hermanas dicen que la vida es un maratón, que también es cierto. Así, el primer episodio que ya pueden escuchar nos sitúa en el kilómetro cero, ese punto en el que estamos al iniciar cualquier trajín. Ese punto de vida al que varios hemos regresado, como en el juego de “Serpientes y Escaleras” al caer en la casilla del 2020: una oportunidad para empezar con todo y, valga la redundancia, ¡desde cero!

Para hacer el podcast, Tere ha tenido que encarar abismos internos y tomar decisiones que le permitan coherencia para la vida que quiere, lo cual no es fácil, porque en el camino se dejan lugares y personas amadas. Esto va aunado a vivir a) una pandemia digna de ficción, con la angustia que conlleva, b) tristeza por extrañar a nuestros padres y con el temor a que les suceda algo —ambos tuvieron covid— sin poder venir, c) el lanzamiento de «Latitudes» vía Zoom en una sesión que resultó exquisita y concurrida, cuando ella imaginó mariachi, tacos y pastel de cumpleaños con amigos y familia en el patio de nuestra casa.

Sintiéndose descosida, ha logrado zurcirse con hilos de creatividad y productividad, forjándose con amor propio un camino como emprendedora: «Creo que este tipo de proyectos hace que la vida de otras personas tenga belleza (…) Mira lo que pasa con el covid-19, el arte y los valores son los que nos salvan. Necesitamos tanto de la comida como de espíritu positivo (…) Latitudes es mi granito de arena», escribe Tere, inventándose un antídoto para sí misma antes que para los demás.

Somos tres como Flans y estoy orgullosa de lo que mis primeras amigas de la vida son y hacen. Me gusta imaginar que tras llegar a este párrafo alguna hermana o algún hermano quiera tomar el teléfono y decirle a alguien con quien comparte apellido, sangre y pasado: «Admiro lo que has desafiado para ser quien eres hoy, me llena de orgullo y honor haber crecido a tu lado».

Nebulosa de la Hélice. Fotografía de la NASA. I La ventana tiene un no sé qué atorado. Con curiosidad te acercas a mirar qué es. Te tallas los ojos, quizá el cansancio de la madrugada te está haciendo delirar. Rondas la ventana y descubres que es una sombrita temblorosa buscando algún rincón para guarecerse. Quieres […... Sigue leyendo
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