Qué misterioso imán de vidas habrán tenido las horas que rondaron el 23 de abril de 1616 para que en fatal casualidad Miguel de Cervantes, William Shakespeare y el Inca Garcilaso de la Vega dejarán el tintero para siempre, día en el que conmemoramos “El día del libro”  y desde 1947 el “Día del Idioma Español” en México como un homenaje al creador de Don Quijote.

He aprendido a amar la herencia cultural de nuestra lengua a través de lo que descubro en libros y conversaciones con amigos extranjeros; he aprendido a amar el español con el que mi madre y mi abuela me cantaban antes de dormir, el español que ha estado en cartas de amor, en un libro dedicado, en las letras de Guadalupe Trigo y Chabuca Granda, en el apellido de mi padre, Góngora —¿señalándome un camino en la literatura?—, Góngora como don Luis, que así se llamaba mi abuelo materno.

Es en los diccionarios y en mi desconocimiento de otras lenguas donde me doy cuenta que “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”, como escribiera Ludwig Wittgenstein. Digo esto pensando en las palabras que no conozco y en los idiomas que no hablo… ¡cuántas palabras andan sueltas por el mundo dándole sentido a la existencia de otros y uno sin saber que existen! Cuando encuentro una palabra que me gusta soy un poco más feliz pues puedo nombrar lo que ignoraba. Por ejemplo: “Conticinio”.- hora de la noche en que todo está en silencio. Me seduce la idea de poder ver el mundo a través de las palabras, entender la cultura de otros países y, sobre todo, extender las fronteras de lo que voy conociendo en la vida. Louis Hjelmslev, el lingüista danés, decía que las lenguas son grandes rejillas que se colocan sobre el mundo y nos permiten verlo.

Hay una lengua, semejante al español, que he aprendido a amar a través de la música y de la poesía: el portugués. Tuve el hallazgo de una palabra que quiero compartir. La palabra es “Garimpeiro” y quiere decir “cazador de tesoros”, por lo tanto, una persona garimpeira es quien busca piedras preciosas. La lengua de Cervantes que heredé me ha hecho ser una garimpeira de palabras: mi vocación por el vocabulario, por descubrir palabras y quererlas es una privada manía que ahora vuelvo pública, ¿cuántos de nosotros buscamos palabras nuevas para incorporar a nuestro vocabulario? ¿Qué pasaría sí, así como nos hacemos de un nuevo par de zapatos, un collar, una camisa, si así como incluimos una nueva canción a nuestro repertorio, incluyéramos palabras como resultado de esa misión garimpeira? ¿a cuántos de ustedes les han regalado una palabra, una nada más, una palabra para atesorar, para repetir, para decir como un conjuro antes de dormir? ¿Por qué no formar entre familia, amigos y los grupos de whatsapp un imperio de garimpeiros de palabras?

Guiada por la literatura, por esta forma de vida en la que se ha convertido el amor por mi profesión, un domingo de abril tomé en la estación de Atocha, en Madrid, el tren de cercanías que me llevó a Alcalá de Henares, el pueblo donde nació Miguel de Cervantes. Caminé por calles de fábula que ostentaban en sus aceras árboles de cerezos, caminé hasta quedar de pie frente a la casa de Cervantes que hoy es un museo. Ahí me encontré a dos hombres forjados en bronce sentados en una banca, uno de ellos pequeño y regordete, sonriente; el otro, serio, alto, delgado, con gesto solemne, con el brazo derecho extendido como si estuviera declamando o como si fuera a pararse para abrazar en bienvenida a quien se acerca. Me senté junto a él y casi que le dije… “si tú supieras, caballero andante, cuánto te quiere la gente”.

El lenguaje, para quien sepa emplearlo, puede ser música, luz, colores, escenario, un fascinante espectáculo: quienes saben usar palabras entretejiendo vocación con voces y vocabulario, hacen del idioma una fiesta de la que formamos parte, convocados por la lengua de Cervantes hemos heredado.

 
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