07,marzo
2016

Soñando con Ravel

Maurice Ravel (1875-1937).
Foto: Lipnitzki: Roger Viollet: Getty Images.

Addy Góngora Basterra.

Pajareando el otro día en Youtube hallé una grabación del 2014 en la que el argentino Daniel Barenboim dirige a la West–Eastern Divan Orchestra, la cuál fundó con Edward Said en 1990. El video del hallazgo fue “Pavane pour une infante défunte” de Maurice Ravel, compuesta en 1899. Escrita originalmente para piano, es de las piezas más populares del compositor francés, la cual orquestó en 1910.

Escuchando, pensé: ¿qué sería de nosotros sin la música de Ravel? ¿para cuántas personas la “Pavana” ha sido puerta de entrada a la música clásica? Si en vez de haber sido compositor, Ravel hubiera sido panadero, ¿el mundo sería igual? Seguramente la vida sería la que es, pero para quienes la música es parte imprescindible de la existencia, tendríamos vacíos que hasta ahora sólo nos llenan ciertos movimientos que emergen de sus partituras. Pensaba también en la importancia de las relaciones humanas y creativas. Si Gabriel Fauré y Maurice Ravel no hubieran coincidido en el Conservatorio de París, ¿habría tenido éste último la chispa que detonara la composición de la “Pavana”?

Ligado a esto, pensé en lo admirable de la fusión de Barenboim con Said al crear un taller para músicos israelíes, palestinos y árabes que ha derivado en la West–Eastern Divan Orchestra, que es hoy en día una de las más prestigiosas. Según cuenta el sitio west-eastern-divan.org, Barenboim y Said “reuniéndose en Weimar, Alemania –un lugar en donde los ideales humanistas de la ilustración son opacados por los del Holocausto– materializaron su esperanza de reemplazar la ignorancia con la educación, el conocimiento y la comprensión, de humanizar al otro, de imaginar un futuro mejor. En el taller, personas que sólo habían interactuado entre sí en un marco de guerra, se encontraron viviendo y trabajando juntos como seres iguales. Mientras se escuchaban el uno al otro durante los ensayos y discusiones, atravesaron profundas divisiones políticas e ideológicas. Aunque este experimento de convivencia fue inicialmente concebido como un evento de una sola vez, se convirtió rápidamente en una legendaria orquesta”.

Recuerdo aquí unas líneas de “Tocando em frente”, canción de Almir Sater (Brasil, 1956), cuya traducción es más o menos así: Cada uno de nosotros compone su historia / cada seren sí mismo / lleva el don de ser capaz / de ser feliz. Cuán importante es la creación de un grupo cómo la West–Eastern Divan Orchestra. No solamente porque ofrece posibilidades a jóvenes músicos, sino por lo que representa políticamente. Imagino a los integrantes de la orquesta, cada uno con su historia, filias y fobias, uniendo su talento al de otra persona que su gobierno le ha señalado como enemigo por diferente. Cada uno con su procedencia, querencias y dolencias; árabes, palestinos e israelíes fusionándose para ser música, uniendo su destreza a la de alguien cuyo anhelo es recargar la barbilla en un violín. Ah… la bendita paz de hacer sonar un instrumento musical, ah… el privilegio humano de conmovernos al escuchar, ah… la capacidad que cada quien tiene de ejercer el don de ser feliz.

Que Maurice Ravel haya existido, ¿qué cambia del panorama actual? Lo que otros han hecho —y siguen haciendo— en el ámbito de la literatura, el arte y la cultura, ¿de qué manera impacta nuestra vida? ¿Qué diferencia hacen estas contribuciones pequeñas o grandes, anónimas o públicas, que son parte de cada día? Ciertamente Barenboim no evita la guerra cada vez que mueve la batuta, pero lo que sí hace es decirle al mundo que la música logra la conciliación que los poderes políticos y religiosos parecen no lograr. La música y el cine, el teatro y la literatura son el sueño compartido entre continentes y siglos, una suerte de memoria sublime y sentimental que nos libra de la inminente soledad.

Publicado en Nexos Cultura.

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