07,noviembre
2014

Julio Antonio Mella: De líder estudiantil a revolucionario latinoamericano.


Fotografía de Tina Modotti: “La máquina de escribir de Julio Antonio Mella”


Por Addy Góngora Basterra.
Publicado en Nexos. Noviembre, 2014.

Con asombro más infantil que adolescente, resguardado tras las columnas babilónicas de la cigarrería Bock frente al Palacio de Gobierno de La Habana, un joven que ronda los catorce años mira una manifestación estudiantil: es José Lezama Lima. Observa cómo una multitud inunda la calle ante el furor con el que Julio Antonio Mella encabeza el movimiento. El líder, aguerrido y febril, al llegar frente a la estatua que pretende derrocar de Alfredo Zayas, avienta con acertada puntería una soga que rodea el cuello de bronce de quien fuera el presidente que Gerardo Machado sustituiría. Años después aquel muchacho asombrado relataría, en su monumental obra “Paradiso”, este motín estudiantil.

Efímero y valiente, revolucionario y mítico, caracterizado por su desafiante empeño en la lucha por el abatimiento del imperialismo norteamericano, Julio Antonio Mella (1903–1929) fue y sigue siendo uno de los personajes más emblemáticos de la historia de Cuba por sentar los ideales comunistas que se concretaron en 1959.

Tina Modotti, su último amor, pronunció el 10 de febrero de 1929 un discurso en un mitin de homenaje a Julio Antonio en el teatro Hidalgo de la ciudad de México, donde dijo: “él era un símbolo de la lucha revolucionaria contra el imperialismo y sus agentes, una bandera en la lucha de los obreros y campesinos de todo el continente; en la conciencia y en los movimientos de masas de los trabajadores; entre los soldados de Sandino y los huelguistas de Colombia ametrallados por el capital imperialista” (Cupull & González, 2006).

Mella logró entrelazar su papel como líder del movimiento de estudiantes y obreros con el rol de intelectual y creador —como lo demuestran sus discursos y ensayos— aún cuando no era el mejor orador, señala Lezama Lima, “no piense usted en Martí ni piense usted en los grandes profetas que ha tenido la elocuencia cubana, pero era un buen orador, muy exaltado, y silabeaba un poco, era un poco ceceante, las palabras las dividía y subdividía, pero con un gran fuego comunicante” (Lezama Lima, 1970). Mella era un hombre de pensamiento y acción, en ello radicaba su poder y su peligro. Por eso se exilió en México, porque de haber permanecido en La Habana su vida habría sido aún más breve de lo que fue tras morir asesinado por órdenes de Gerardo Machado.

Julio Antonio era una personalidad revolucionaria, que además de prestigio popular tenía también mérito como intelectual; no por nada sus textos recogidos en el libro “Ensayos Revolucionarios” son una referencia obligatoria cuando de antecedes a los hechos de 1959 se trata. Fue un comunista comprometido con la defensa de los ideales más puros del pueblo cubano, fundador de la Federación de Estudiantes Universitarios, de la Universidad Popular José Martí, de la Liga Antimperialista de las Américas —cuyo objetivo era combatir el imperialismo yanqui en Cuba— y del primer Partido Comunista Cubano. Como individuo, Mella era un ícono, en él convergía una identidad colectiva, era la representación carnal de lo que la tradición filosófica alemana llamaba Volksgeit, término que Unamuno tradujera como “espíritu colectivo de un pueblo”(Serrano, 1998).

Fotografía de Tina Modotti a Julio Antonio Mella. (1928).

Comprometido en la lucha por la libertad, inició su vida política en la universidad de La Habana; su primer campo de batalla en un plano intelectual fueron las aulas, mientras que por el lado popular el vínculo esencial fue con la clase obrera al establecer lazos fraternales con Carlos Baliño —fundador con José Martí del Partido Revolucionario Cubano, defendía y divulgaba el ideal independentista e introducía la preocupación por el problema nacional, además de haber ejercido gran influencia en la formación marxista de Mella— quien estaba al frente del movimiento obrero, y Alfredo López, máximo dirigente de la Federación Obrera de La Habana. Con esta alianza, Mella logró la unión imprescindible entre obreros y estudiantes para la lucha revolucionaria.

Con veintiséis años representaba una amenaza contra el gobierno cubano. Su postura opuesta al régimen de Gerardo Machado lo condujo a prisión en septiembre de 1925 bajo el pretexto de haber sido detenido por sus ideas comunistas, acusado por el delito de sedición para la rebelión, alcanzando la libertad mediante el pago de una fianza. Hecho que en un principio no ocurriría la noche del 27 de noviembre del mismo año cuando, al llegar al Centro Obrero de La Habana, fue detenido al igual que varios trabajadores, culpados nuevamente por el delito de conspiración para la sedición, siendo trasladados el día siguiente a la cárcel de La Habana. Por órdenes inmediatas de Machado —quien en un primer intento lo quiso envenenar por medio de un pescado contaminado y en uno segundo mediante una inyección letal— esta vez ni Mella ni sus compañeros podrían salir bajo fianza. Mostrando su inconformidad, el líder revolucionario decidió embarcarse en una huelga de hambre hasta que él y sus compañeros fueran puestos en libertad:

Narró José Luis Fernández que esa decisión les produjo a todos un gran impacto. Fueron inútiles los razonamientos para que revocara su propósito. Todos estaban atentos para acudir en su ayuda, se encontraba tendido en un camastro y, cuando le llevó agua, le pidió que comiera. Le respondió con firmeza que podía aguantar y que el gobierno tendría que libertarlos a todos, que no había otra alternativa que libertad o muerte. Con la huelga de hambre los planes de Machado, de que transcurriera el tiempo hasta que fueran olvidados, sufrieron un duro golpe porque rápidamente el suceso salió en los titulares de los periódicos y se difundió por todo el continente por medio de las agencias de noticias. (Cupull & González, 2006)

El cuadro de Mella era crítico, por lo que el Comité Central del Partido Comunista de Cuba le planteó que abandonara su postura porque Machado lo dejaría morir. Así, la huelga de hambre —que se extendió durante dieciocho días en los que perdió 15 kilos— provocó un impresionante impacto a nivel internacional, acaparando no sólo la atención local en periódicos con la publicación en el Heraldo de Cuba del texto “Exposición al honorable Presidente de la República”, en la que un grupo de cuarenta y dos intelectuales —encabezado por Fernando Ortiz y Enrique José Varona— exigían su libertad, mientras que otros medios masivos le dedicaban un espacio al tema; ejemplo de ello fue La Nación de Buenos Aires, quien publicaba cada día los informes médicos que emitía el doctor Gustavo Aldereguía.

El impacto de la carta de los intelectuales cubanos y otros movimientos desplegados por figuras prominentes de México, Uruguay, Chile, Argentina y Francia es muestra de la autoridad, poder y presión ejercida por los intelectuales, tal como ocurriera en 1898 con el caso Dreyfus cuando Emile Zolá publicara la carta abierta al presidente de la república francesa en el periódico L ́Aurore, titulada por el jefe de redacción Georges Clemenceau J ́accuse, obteniendo como respuesta un petitorio de escritores y estudiantes que afianzaban la defensa de Zolá ante Alfred Dreyfus, capitán del ejército francés, quien había sido injustamente acusado de traición por una supuesta entrega de información confidencial al agregado militar alemán en París, condenándolo a cumplir cadena perpetua en la Isla del Diablo (Altamirano, 2006).

Un caso similar ocurrió con Julio Antonio Mella, cuyo injusto arresto provocó un fenómeno pocas veces visto. Dentro y fuera de Cuba hubo muestras de solidaridad y denuncia. En México, estudiantes y organizaciones obreras solicitaron que se transmitiera al gobierno cubano el deseo de que respetaran su vida; otros sectores del país se sumaron y exigían al presidente Plutarco Elías Calles que se dirigiera personalmente a su equivalente en Cuba pidiendo libertad. En Nueva York hubo una marcha donde se registraron dos mil personas desfilando frente a quienes representaban a Machado la “Gran Manzana”; la Cámara de Senadores de Argentina, así como distintas organizaciones internacionales, enviaban telegramas al Dictador, al tiempo que embajadas y consulados de Cuba eran sitiados por manifestantes. La presión popular nacional y las protestas internacionales obligaron a Machado a retroceder, viéndose forzado a obedecer la carta abierta firmada por los intelectuales, sin más opción que dejar salir a Mella bajo fianza el 23 de diciembre, dos días después a que sufriera un colapso que casi lo lleva a la muerte. Al ser liberado:

La noticia produjo una gran alegría popular y fue considerada como una gran victoria del pueblo contra el régimen de terror a Machado. Un profundo odio hacia Mella cubrió al dictador y a su ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, Guillermo Fernández Mascaró, quienes manifestaron no descansar hasta eliminarlo completamente. (Cupull & González, 2006)

Ante el peligro inminente que resultaba para Mella permanecer en Cuba, viajó a México donde tuvo asilo político. A su llegada, el país que encontró hervía en importantes movimientos sociales y políticos, aún la Revolución Mexicana inquietaba las aguas y en el muralismo la historia se retrataba en color. Participó en el Grupo Comunista Mexicano, donde sus ideales políticos y revolucionarios hallaron eco. Fue entonces, en 1927, cuando conoció a Tina Modotti en la redacción del periódico del Partido Comunista Mexicano El Machete, para el cual Julio Antonio colaboró con una interesante producción bajo los seudónimos Cuauhtémoc Zapata y Kim, textos que Raquel Tibol encontrara accidentalmente cuando en octubre de 1966 comenzó a ordenar el archivo del pintor David Alfaro Siqueiros:

Al tener en mis manos la colección, a mi propósito concreto de llenar los huecos del archivo siqueriano se impuso una realidad inesperada, pero tan apasionante, que no puede eludir: la presencia en El Machete del líder antiimperialista cubano, Julio Antonio Mella, la cual expresaba uno de los momentos culminantes de la solidaridad revolucionaria latinoamericana, solidaridad que emergía ahora con los valores de un símbolo vivo y necesario, porque tan solo treinta y tres años después del inicio del exilio a que lo obligara la criminal dictadura de Gerardo Machado, había triunfado en Cuba una revolución que renovó, amplió y profundizó los horizontes de esa solidaridad continental por la que Mella trabajó con pasión crítica y vigilante, sin perder de vista la razón primera y última de la lucha común: el abatimiento del imperialismo norteamericano. (Tibol, 2008)

En “El Machete”, además del libro “Ensayos revolucionarios”, se agruparía importante producción intelectual y ensayística revolucionaria del cubano. Mediante la palabra, Mella perseguía la justicia social de América ante el dominio yanqui, quienes pretendían una absoluta dominación económica mediante sociedades gobernadas por el dólar. Así como Simón Bolívar y José Martí seguían la idea de liberar a sus pueblos del yugo español, lo mismo pretendía Mella en relación a los Estados Unidos. Además de la lectura y admiración de mentes inigualables como Rodó, Ingenieros y Ugarte, su ideología se vio influida por la del argentino Deodoro Roca, líder del movimiento de la Reforma Universitaria y autor del “Manifiesto Liminar”dirigido a los “Hombres libres de Sudamérica” —texto indudablemente fundacional que envuelto en ideal latinoamericanista y antiimperialista caló en el pensamiento de intelectuales como José Carlos Mariátegui en Perú, José Vasconcelos en México, además de Cuba en Julio Antonio Mella, por supuesto— que enarbolaba la consigna “Obreros y Estudiantes: juntos adelante” (Kohan, 1998).

Tina Modotti

En Argentina, la figura de Mella encontró eco y raíces especialmente en 1963 cuando Gregorio Bermann, participante del movimiento de la Reforma Universitaria que como vimos Roca inició en Córdoba en 1918, realizó un seminario para estudiar y divulgar el pensamiento del líder, proponiendo la creación del Instituto Julio Antonio Mella con el objetivo de reunir documentación sobre su vida y lucha para darla a conocer dentro y fuera de Cuba, enfatizando en los antecedentes de la Revolución Cubana. Finalmente, el instituto se fundó en marzo de ese mismo año teniendo como sede la Universidad de La Habana.

Al respecto, Ezequiel Martínez Estrada:

Envió una carta que en algunos de sus párrafos dice que la noticia de la fundación del Instituto Julio Antonio Mella, le parecía magnífica, que él conocía poco de ese excelente muchacho, pero ese poco era de gran calidad, de juicio certero, de sana doctrina, que era de los pocos hombres de ahora que podíamos llamar ejemplares y admirables y que si había sitio para un vocal, que lo pusieran porque eso lo honraría. Ezequiel solicitó que le hicieran las copias de unas páginas extraordinarias de Mella sobre las ideas políticas de Martí. Afirmó que aunque pareciera mentira, era el único de los exegetas del Maestro que había entendido cabalmente el pensamiento socialista revolucionario y su situación en el destierro. (Cupull & González, 2006)

En relación a las “páginas extraordinarias” que señala Martínez Estrada, podemos encontrarlas en el texto “Glosas al pensamiento de José Martí”. En el texto, Julio Antonio plantea la necesidad de escribir sobre el valor de la obra revolucionaria de José Martí: “Lo hará esta pluma en una prisión, sobre el puente de un barco, en el vagón de tercera de un ferrocarril, o en la cama de un hospital, convaleciente de cualquier enfermedad (…) U otro hará el libro, cualquiera de mis compañeros, hermanos en ideales, más hecho para el estudio que para la acción” (Mella, 1960). Dictaminaba que una voz libre de prejuicios de la nueva generación y fundida con la clase revolucionaria lo escribiera. El líder estudiantil proponía elaborar un análisis de los principios generales revolucionarios de Martí, a la luz de los hechos que para entonces se vivían. Se pregunta en el texto qué hubiera el Apóstol dicho y hecho ante el avance, control de la vida política y económica del imperialismo entre los nacionales, y se responde a sí mismo con una frase del mismo Martí que resalta en mayúsculas: “No hay democracia política donde no hay justicia social”.

Como recuerda Mella, Martí expresó en más de una ocasión sus ideas sobre la desigualdad social y sobre el peligro del imperialismo. Tanto uno como otro plantearon en sus textos la situación de América ante el dominio extranjero —como en su momento también lo hiciera Manuel Ugarte refiriéndose a Estados Unidos como “la amenaza de un mar ganando terreno”— por lo que buscaban establecer una justicia social, ante lo cual Julio Antonio planteaba “no una revolución más como las que se ven todos los días en los países de América (…) hay que hacer, en fin, la Revolución Social en los países de la América” (Mella, 1960). Desde 1889 Martí se refería a “la amenaza del águila norteamericana”, preocupado por el poder que los yanquis podrían ejercer en las repúblicas de Latinoamérica y Cuba. Como Bolívar, buscaba la unión de América, la unión como defensa ante la opresión. Y es que la herencia bolivariana del amor a la patria y la unidad latinoamericana aunados a la recepción de las ideas martianas, fueron los pilares que consolidaron el pensamiento de Mella:

Si Bolívar fue el paradigma de Martí y este último de Mella, cabría preguntarse hasta qué punto existió una influencia no únicamente teórica (cuya evidencia es evidente) sino en la conformación misma de una forma de vida conscientemente elegida para un fin igualmente identificado. Este es el punto de la confluencia: no hay actor sin un contexto que lo posibilite y la historia social es el conjunto de actores y posibilidades históricas. (Cuevas & Olivier, 2006)

El ideario patriótico y revolucionario heredado de estos dos grandes pensadores no solo latinoamericanistas sino universalistas, cimentaron —a la par de Marx, Engels y Lenin— en Mella una postura ideológica que se oponía, como lo hemos expuesto, radicalmente al régimen de Gerardo Machado. Y por eso fue su muerte. Copiosos ensayos, artículos periodísticos, crónicas e incluso novelas como “Tiníssima”de Elena Poniatowska, inician su desarrollo relatando el asesinato de Julio Antonio, ha de ser por lo que la historiadora cubana Olga Cabrera señala en uno de sus textos titulado: “Un crimen político que cobra actualidad…” o por decirlo de otro modo, un crimen político que no pierde vigencia aún cuando han pasado décadas del episodio.

Porque de muerte fueron los balazos que recibió cuando caminaba del brazo de Tina Modotti el 10 de enero de 1929. Caía el día y con él Julio Antonio Mella sobre la calle Abraham González en la ciudad de México cuando dos hombres cumplían la orden que Machado había dictado desde La Habana: asesinar al nacionalista revolucionario que con sus ideales fue el comunista más comprometido de su tiempo, convirtiéndolo en una figura mítica de la lucha contra la desigualdad social y el antiimperialismo.

Diego Rivera encabeza el cortejo durante el funeral de Julio Antonio Mella (1929).

Diego Rivera —quien toma la figura de Mella para el mural “En el arsenal” de la serie “Del corrido a la revolución”, donde lo coloca entre Tina Modotti (quien sostiene una cartuchera de balas) y Vittorio Vidali (que años después se casaría con Tina)— declaró después del asesinato en un discurso pronunciado frente el Palacio Nacional de México:

La culpa de este horrendo asesinato es del gobierno y la Embajada de Cuba, los que urdieron sus maquinaciones para darle muerte a Mella, con la particularidad de que a espaldas del gobierno cubano se encuentra Estados Unidos que, en su afán de imponer su política al mundo entero, está acallando las pocas voces de protesta que se elevan, como la de Mella[1]

Así como Diego Rivera, muchos otros responsabilizaron públicamente a Machado por el crimen político, entre ellos, claro está, Tina Modotti, quien afirmó “que había muertos que hacían temblar a sus asesinos porque la muerte representa para ellos, el mismo peligro que su vida de combatiente” (Cupull & González, 2006).

Es un enigma el alcance que habría tenido Julio Antonio Mella de haber logrado más de veintiséis años de vida, pues como bien lo señala la fotógrafa italiana, si aún muerto su lucha continuó, con vida ¿cuáles habrían sido sus limitaciones? Esa incógnita es para la historia cubana, y mas aún, latinoamericana, lo que dijera Lezama Lima de José Martí, “un misterio que nos acompaña”.

[1] Publicado en El Dictamen, periódico del puerto de Veracruz, México., el 12 de enero de 1929.

 


BIBLIOGRAFÍA

Altamirano, C. (2006). Intelectuales. Bogotá: Norma.

Cuevas, Y., & Olivier, G. (2006). Julio Antonio Mella: de líder universitario a activista social. En R. (. Marsiske, Movimientos estudiantiles en la historia de América Latina III. (págs. 105-140). México: Plaza y Valdes.

Cupull, A., & González, F. (2006). Julio Antonio Mella en medio del fuego: un asesinato en México. Ciudad de La Habana: Casa Editorial Abril.

Kohan, N. (21 de 06 de 1998). Los estudiantes del año 18. Recuperado el 02 de 11 de 2008, de Clarín: https://www.clarin.com/suplementos/zona/1998/06/21/i-01601d.htm

Lezama Lima, J. (Septiembre de 1970). Cercanía de Lezama Lima. (R. I. Boudet, Entrevistador)

Mella, J. A. (1960). Ensayos Revolucionarios. La Habana: Editora Popular de Cuba y del Caribe.

Tibol, R. (11 de 2 de 2008). Wayra al día. Recuperado el 23 de 10 de 2008, de Los escritos de Julio Antonio Mella en “El Machete”: https://wayrabloggs.blogspot.com/2008/02/los-escritos-de-julio-antonio- mella.html

 

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