27,octubre
2003

Historia de un tejido

Por Addy Góngora Basterra.

No pueden tejer. Las agujas tienen vida propia y toman rumbos equivocados al mandato de las manos. Imposible enhebrar. El ovillo azul se vuelve agua y no puede atraparse. El rojo se desangra en el sofá. Las agujas están tercas, dislocadas. Hoy no son esa armonía de siempre, no tienen ritmo, una transparente melodía las aloca hasta perder el control. Lo ya tejido emprende reversa y la bufanda se desbarata. Las manos observan atónitas, no pueden creerlo: sobre el regazo van estirándose los hilos que vuelven al ovillo.

—No se puede continuar así —dicen enojadas las manos.

De veras están muy molestas, ya la bufanda está desvanecida. Azul y rojo no se quieren. No pueden estar entretejidos.

Manos no lo entienden.

Agujas son cómplices y por eso la rebelión: saben que azul flirtea con verde y que amarillo pretende a rojo.

Bufanda tampoco está de acuerdo. Apenas tuvo ojos para darse cuenta de sus hilos, y boca para quejarse, le dijo a las agujas que no soportaría vivir cuadrículada entre azul y rojo.

Entonces ellas, comprensivas y apenadas, se enarbolaron en las manos como espadas que iban de aquí y allá con un aire de espigas de metal, mientras los ovillos giraban y giraban en un baile que los engordaba mareándolos con tanta vuelta.

Manos tamborilea los dedos en la rodilla y no comprende. Toma el par de agujas —están tan cansadas—, y también a rojo y azul que por debajo de los hilos se echan miradas de odio.

Todos vuelven a la canasta.

Chispas amenazantes surgen de rojo y amarillo. Es peligroso, pueden volverse fuego, se dicen al oído azul y verde, haciendo tregua para volverse mar en caso de incendio.

Agujas y alfileres duermen en perfecta simetría, pendientes y vigilantes, con el ojito bien abierto y el aguijón alerta.

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