07,mayo
2016

Escribir una Historia distinta

Por Addy Góngora Basterra.
Para Elizabeth, que me regaló el libro de Padura.
Y para Martha, su hija, con mi absoluta solidaridad.

En poco más de una semana devoré la novela “El hombre que amaba a los perros” del escritor cubano Leonardo Padura. Sumergida en setecientas y tantas páginas, el relato sobre Ramón Mercader del Río —quien bajo el nombre de Jacques Monard sacó de este mundo a Liev Davidovich Trotsky— me tuvo absorta en la lectura.

El libro me ha hecho reflexionar sobre situaciones y personajes de la Historia. Cuando pensamos en un villano mundial, sin duda se nos aparece Adolf Hitler con bigotito, esvástica y campos de concentración. Pero antes de él estuvo en Rusia Iósif Stalin con sus inhumanos gulags, campos de trabajo forzado donde gente inocente murió de hambre y frío. También estuvo el infierno del genocida Pol Pot y los Jemeres Rojos. Quién imaginaría hoy, al ver los coloridos edificios de San Petersburgo o de Moscú, al admirar los Budas sonrientes del templo de Bayón o el fascinante Angkor Wat en Camboya, la pesadilla que vivieron sus tierras cobrando la vida de miles de víctimas.

Pero sobre todo, leer esta obra de Padura me ha llevado a reflexionar sobre lo influenciables que somos los seres humanos ante la ideología de quienes se alzan como líderes. Por supuesto, los villanos forman parte del gran relato de la humanidad… pero nada serían sin seguidores, creyentes, fanáticos, ejércitos y gente activa en la imposición de ideas derivadas del poder.

No hablaré de lo que es bueno y lo que es malo porque todos tenemos razones para actuar de una u otra manera, pero sí reflexionar sobre las decisiones que tomamos y la repercusión de nuestros actos al seguir órdenes e instrucciones.

¿Hacemos las cosas porque son congruentes con nuestra forma de pensar, porque es convicción que nos conforma, porque siguen ideales que le dan sentido a nuestra vida? ¿La fuerza militar es solución? ¿Someter a los demás a nuestra voluntad es un deber por acatar sin importar los principios de los otros? ¿Imponer una idea debe hacerse a como dé lugar, aunque eso implique infundir terror en los demás hasta el extremo de holocaustos? ¿O simplemente somos violentos porque no nos queda de otra?

Lo que Leonardo Padura esboza en su novela —la cual recomiendo enormemente— es que para Ramón Mercader del Río matar a Trotsky fue un acto heroico y con causa. ¿Por qué lo hizo? Porque se lo ordenaron. Porque era el deseo de Stalin. Y a él, a ese muchacho, a Ramón, le hicieron saber que Stalin sabía que él existía.

Con esa idea de “sentirse el elegido” y de “saberse distinguido” por alguien con poder, pienso en quienes cometen terrorismo, en cada acto que resulta incomprensible para quienes pensamos diferente y procuramos paz. ¿En dónde queda el bien y el mal, o eso es un invento del poder para controlar? ¿Hacemos daño porque un motivo más grande que nosotros lo justifica?

En el caso de terrorismo en Nueva York, Francia y Bruselas, Siria, Líbano y Palestina, los ejecutantes han estado convencidos de que hacen lo correcto, que es por una causa. Igual que Jacques Monard. Porque las personas estamos hechas de motivos. Trabajamos por algo. Luchamos por algo. Vivimos por algo. ¿Herimos por algo?

Pensemos en los hombres que formaron parte del comando que irrumpió el martes 3 de mayo en la comisaría de Chablekal con uniformes, cascos, escudos y gases lacrimógenos. Siguieron órdenes. Actuaron en congruencia con su deber. ¿Actuaron en congruencia a su deber? Uf. Ay de este mundo.

El escritor ruso Isaac Asimov tiene una frase que conviene recordar: “Nos acostumbramos a la violencia y esto no es bueno para nuestra sociedad. Una población insensible es una población peligrosa”.

Los policías en Chablekal ¿se habrán detenido a pensar en lo que le harían sentir a la gente al cumplir las instrucciones que debían seguir o ni siquiera se lo cuestionaron porque es su trabajo? El uniformado que esposó a la mujer de ojos claros a la patrulla, ¿le habrá relatado el hecho a su familia con actitud heroica o habrá callado por vergüenza, tratando de quitarse el disfraz de antimotín tan pronto cruzó la puerta de su hogar?

Menciono la historia de “El hombre que amaba a los perros” porque la tengo reciente y porque noto lo poco que, como humanidad, aprehendemos de lo que escritores e historiadores han plasmado en páginas al narrar tiranías y obsesiones por el poder. No aprendemos. Pero aún así, con más esperanza que intriga me pregunto ¿es la Historia el boomerang que siempre vuelve… o está en nosotros la posibilidad de escribir una Historia distinta que permita cimentar el porvenir?

Publicado en el Diario de Yucatán.

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