14,mayo
2016

El paseo de mis recuerdos

Por Addy Góngora Basterra.

Entre 1888 y 1906 se diseñó y realizó la afrancesada arteria vial que es Paseo de Montejo. Me gusta pasar por ahí, transitar sitios que aún perviven, recordar muchos otros que ya no existen. ¿Cuántas veces he intentando señalarme, con la orientación de la niña que entonces era, en dónde estaría exactamente “Los Arrecifes” cuyas enchiladas suizas, servidas en plato de metal, tanto me gustaban? Inevitablemente, del hotel “El Conquistador” me resbala la mirada unos cuántos metros hasta “Leo”, taquería a la que en tercero de primaria me llevaron a cenar mis papás el día de mi cumpleaños. En los Helados Colón, ¿cuántas veces se me ha entumido el paladar de tanto frío y tan buen sabor? —¡Uno de elote y un vasito con agua, por favor! —pido en son de ruego ante el calor.

¿Por qué recordamos lo que recordamos? A veces por fotografías o porque alguien más nos lo cuenta.  También porque la familia es el mejor registro que la vida nos da para atestiguar andanzas. Mis hermanas son un USB viviente: de todo guardan en la memoria. Me sorprenden. Creo que yo no canto mal las rancheras. Ejemplo: recuerdo cierta expedición a “El gato pardo” con la marabunta de chiquitos que éramos cuando salíamos varias familias juntas. Devoramos pizzas y fondues en un tris tras como si fuera el fin del mundo. Para entonces, la dicha era inventar pretextos para que nuestros padres se reunieran y poder estar todos juntos otra vez.

A veces me pregunto si los demás recuerdan aquellos días con el mismo brillo de quien esto escribe, como también me pregunto si dueños de restaurantes han pensado en lo que ofrecen a la gente, más allá del servicio, el menú o de un espacio para pasar el rato. Cuando vamos a comer a un lugar, cuando elegimos un ambiente para compartir con quien queremos, estamos eligiendo un lugar para ser y recordar, para invertir momentos de la vida. ¿Podrá imaginarse el dueño de “Leo” la ilusión que implicó ir a cenar taquitos con mis hermanas y un pequeño grupo de amigas? ¿Cómo contarle al dueño del Impala los nervios de aquel muchacho que cerca de sus mesas, temblando, me dijo que me quería? ¿Pensarán, los dueños de “Los Arrecifes”, cuántos buenos momentos compartimos ahí familias enteras? ¿Se imaginaban, los meseros de “El gato pardo”, cómo disfrutábamos salir a correr a la ancha banqueta de ladrillos rojos tras desaparecer la cena? Nuestro lugar de juego era ese pedacito de ciudad, el arriate, la rama torcida de un árbol; la pista de carreras era la banqueta de esquina a esquina, los frutos de tamarindo el reto a la destreza, para alcanzarlos.

No nací en Mérida, pero aquí nació mi vida. No nací en Mérida, pero en Paseo de Montejo he pasado muchísimas, incontables horas en compañía de gente que si me pongo a nombrar sería un larguísimo inventario de querencias. Por eso, cuando recorro cada día calles de esta ciudad y reconozco sus espacios como algo mío, pienso en lo que sentirán las demás personas que la transitan, en los comensales de restaurantes y en huéspedes de hoteles, en quienes nacieron en esta tierra y en aquellos que nativos de otros lados han decidido fincar su casa bajo este cielo. Quiero a esta ciudad como a ninguna otra. Mérida es más que mi punto de referencia. Mérida me ha dado belleza para disfrutar la vida: calor de hogar, amor de pareja, amistades irrepetibles, ventanales por los que pastorean nubes en prado celeste, recordándome que bajo este sol que raja piedra es a donde siempre quiero regresar.

Hace unos días leí con gusto que el Museo Regional de Antropología de Yucatán, Palacio Cantón, está convocando al taller de Escritura “Yo recuerdo… memorias sobre el Paseo de Montejo, el barrio de Santa Ana y el Palacio Cantón”. En él se pretende atrapar recuerdos, anécdotas e historias compartiendo fotografías y objetos de distintas épocas. ¡Qué maravilla! Seguramente tendrá como resultado un material invaluable, porque… ¿quién no tiene algo qué contar? Desde hace 110 años, con sus sucesivas ampliaciones, el Paseo de Montejo es nostálgico emblema, patrimonio peatonal, máquina del tiempo para decenas de generaciones que, a la sombra de sus árboles, reviven momentos que el tiempo no puede regresar.

Publicado en el Diario de Yucatán.

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