08,enero
2013

Cuando él la vio por primera vez

Por Addy Góngora Basterra.

A la hora de la comida vi a mi abuelo. Le pregunté por qué siempre ha dicho que tuvo dos nombres cuando era niño. Me contó que, si bien en su acta de nacimiento escribieron «Rubén Góngora y Castillo», a los pocos años mi bisabuela —que se llamaba Aída y que yo conocí como Dita— se casó con otro hombre y por eso mi abuelo fue a la primaria bajo el nombre y apellido de otro señor, Renán Negrón Castillo. Por eso Rubén Góngora no fue a la escuela ni hay boletas que acrediten su educación.

Cuando mi abuelo conoció a la mujer de quien nació mi padre, su nombre ya no era Renán y estaba enfermo de sarampión. Alguien le dijo que la Pipirina —así llamaban en el barrio a quien sería mi abuela, apodo derivado de Pipirín González, mi bisabuelo— estaba en el vecindario, allá por El Aguacate, en la calle cincuenta y ocho de Mérida. Que era guapa y piernuda.

Una tarde, cuando ya el sarampión le había devuelto libertad, andando por las calles del barrio con la palomilla que lideraba, alguien aviso: “Áista, áista, ya salió la Pipirina a tomar el fresco”.

Mi abuelo le daba la espalda al lugar donde ella estaba. Giró el cuerpo y entonces vio lo que únicamente podía ver, una falda haciéndole marea a las rodillas, las piernas saliendo del umbral de la puerta, extendidas sobre la banqueta.

Me dijo que, posterior a ese avistamiento, se conocieron en una de las tantas bachatas que se armaban con cualquier pretexto en las casas. A mi abuela le gustaba bailar. Nos lo heredó a mis hermanas y a mí; y por supuesto, a mi papá.

Mi abuela ya no está para contarme su versión de cómo conoció a mi abuelo. ¿Le habrán hablado a ella de Renán o de Rubén? Sólo tengo la historia de sus piernas y de cuando mi abuelo la vio por primera vez.

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