05,septiembre
2009

Con los hilos de la luna

Por Addy Góngora Basterra.

Cruzando la calle miré la boina de un muchacho y pensé en mi abuelo Luis; en las veces que lo vi llegar a la casa con el periódico Excélsior bajo el brazo. Así lo recuerdo, con la boina calada y volviendo del trabajo.

Por razones de geografía no estuve cerca de él, pero cuando íbamos de vacaciones a Veracrú, me sentaba en el escaloncito de la puerta principal a esperar que llegara a la casa. Cuando el reloj y el ruidito de la reja anunciaban su llegada y nos veíamos, se quitaba la boina para ponérmela al tiempo que doblaba el cuerpo para darme un beso.

Una vez me oyó cantando:

Los ojos, ciegos los ojos,
ciegos de tanto mirarte,
sin verte, Asturias
lejana,
hija de mi misma madre.

Se me quedó viendo con asombro, ¿cómo sabes esa canción? me preguntó, y le vi una chispa en la mirada que no voy a olvidar. Algo lo entusiasmó y, cómplice, me pidió que esperara en la sala pues quería mostrarme algo. Por el rumbo que tomó, escaleras arriba, dedujé que iría a su habitación. Y así fue, porque al poco tiempo regresó con algo en la mano. Era una tarjeta postal. Asturias. Amigos suyos le habían mandado ese pedazo de tierra que él siempre llevó en el corazón… «Asturias verde de montes y negra de minerales».

En un auditorio pequeño, hace un par de años en Mérida, escuché a la compositora cubana Liuba María Hevia cantar esta canción que, así como hoy cuando vi al muchacho con la boina gris, me trajo a la memoria a mi abuelo con sueños de asturiano.

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