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Al árbol de ciricote —o siricote— le gustan las lluvias y es heliófito. Eso quiere decir que para crecer necesita mucha luz. Es inconfundible por sus flores anaranjadas en forma de corneta a las que llegan, con sus picos ávidos y lengüitas bífidas, los colibrís. Es ideal para un juego de ¡Basta! en la categoría de Flor o Fruto, pues tiene ambas y puede escribirse con S o C. Porai leí que con su madera se fabrican guitarras. La gastronomía yucateca se enriquece con sus frutos al usarlos en postres. Entre mayo y junio la copa luce frondosa porque atraviesa su mejor etapa, pero si la vieras en enero, valdría la expresión «Está hecho un palo» porque es pura rama encuerada en absoluto desconcierto de palitos chuecos. Cordia dodecandra es su nombre científico y es, quizá, donde mejor se expresa el invierno yucateco.

Parece un árbol, pero son dos. Crecen juntos, tronco a tronco, casi entrelazados. Una de las copas se presume en amarillo, porque es mayor. El otro es más joven, aún no está en momento de floración. Pero todo es cuestión de tiempo. Se complementan. Se adornan. Si te acercas, puedes oír el rumor amaderado que emiten al contenerse. Es un hermoso e inconfundible flamboyán amarillo hablándonos de amor.

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